09
Dic
08

El color de las víctimas de ETA

En esta sociedad en pleno proceso de descomposición, carente de los más mínimos valores, voy a confesar mis propias miserias -todo se contagia, aunque en palabras de un “facha” siempre quede más escandaloso e incorrecto-.

Desde hace un tiempo, cuando llega la noticia de un atentado, mi mezquindad me hace permanecer atento hasta conocer quién es la víctima. Su nombre suele ser desconocido pero me basta con conocer profesión o filiación política. Confieso que si se trata de un militar, un guardia civil, un policía nacional, un periodista que plante cara al separatismo o un miembro del PP vasco siento su muerte como parte de mi Nación, los han matado por ser españoles, me duele como algo propio. Pero desde hace unos años, cuando la víctima es del PSE-PSOE me pregunto, ¿por qué luchaba este hombre?, ¿qué opinión tenía de la negociación de sus jefes con sus asesinos?, ¿luchaba por España -cosa muy dudosa-, por Euskal Herría, por la Humanidad o por un asiento de concejal?; y, como hace un par de días, si la víctima es un abuelo “de aquí de toda la vida”, “de cuatro apellidos vascos” y afiliado al PNV -porque si viniese de Valladolid o fuese españolista sería comprensible- sigo con mis maquiavélicas preguntas: ¿luchaba por su empresa y su dinero?, ¿por una Euskal Herría independiente?, ¿por ambas cosas pero la pasta primero? Y lo siento mucho. Lo siento tanto como sus compañeros de partida de cartas diaria, que cuando su cuerpo estaba tendido en la acera a unos cien metros, se buscaron un sustituto e iniciaron la partida; lo siento tanto como las gentes de su pueblo de diecisiete mil habitantes -“donde era muy querido”- de los que no más de trescientos se han dignado a manifestarse; lo siento tanto como una cuarta parte de sus empleados, afiliados a LAB, el sindicato etarra, que no han condenado el crimen; lo siento tanto como el alcalde y cinco concejales de su pueblo, de ANV -de ETA-, que tampoco han condenado la muerte de su destacado vecino.

Se que estos pensamientos son miserables pero tengo todavía más, me pregunto también: ¿qué hablaría el Sr. Uría con sus amigos y familiares sobre “el problema vasco”?, ¿qué comentarían cuando ETA pone una bomba en Madrid?, y llego a la conclusión de que estaría mucho más cercano a ETA y los que la apoyan que a los “invasores” españoles -es el pensamiento de TODOS los nacionalistas vascos-. Y sigo preguntándome: el día después, ¿qué pensarán sus familiares?, ¿de qué lado estarán hoy?, ¿qué sentirán cuando vean a los nacionalistas apoyar en cada ocasión a los amigos de ETA?, ¿qué opinarán de que el gobierno vasco subvencione a los asesinos presos y a sus familias?, ¿y de se permita a los proetarras gobernar su pueblo?

Hemos visto estos días que la sociedad vasca está completamente enferma, no se si el diagnóstico será miedo, cobardía, odio, podredumbre moral o una pizca de cada. Es sólo comparable a la Sicilia controlada por la Mafia. Esta enfermedad es el fruto de treinta años de dominio nacionalista de los colegios, los medios de comunicación y las calles. Esta enfermedad no tiene cura.

El asesinato de Uría va supuestamente contra el TAV vasco (el tren de alta velocidad, aunque lo paga el Estado español ni allí ni en Cataluña se llama AVE, alta velocidad española), ETA ya consiguió en el pasado impedir la construcción de la nuclear de Lemoniz y de cambiar el trazado de la autovía de Leizarán. Lo cierto es que eso poco importa, lo malo es que están a un paso de conseguir sus objetivos: la independencia. Y me sigo preguntando: en un supuesto de política ficción, si un partido patriota ganase las elecciones con la mayoría suficiente para abolir esta mierda de Constitución que nos ha llevado a esta situación, ¿qué harían los valientes habitantes de Azpeitia y pueblos similares?, ¿serían recuperables algún día como ciudadanos españoles o mantendrían su odio cobarde y callado?

Me temo que esto ya no tiene solución pacífica. ETA tendría que matar a muchas más personas “de aquí de toda la vida” para que los otros fuesen despertando a la realidad, y no hay balas suficientes en todos los polvorines franceses…

Unai Garmendia


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