29
Dic
08

Budapest. Un pedazo de la Europa nuestra

Resulta desalentador comprobar como el clima estéril de una civilización mezquina que conduce a ninguna parte es el mismo sin importar la latitud. Y nosotros, ingenuos cual noveles, pretendemos anunciar al Héroe (que diría Günther). Y, por ello, debemos ser hostiles a nuestro tiempo. Porque debemos hablar del Caballero, de la Muerte y del Diablo en una edad de masas, en una edad que se complace en comprender y perdonar “progresistamente” cada una de las bajezas que comete el hombre. Ese hombre actual que ha roto todo nexo con la Tradición y navega sin rumbo. Sin sospechar que su vida sólo puede cobrar sentido convertida en tramo de esa grandiosa avenida que viene del pasado y nos conduce al mañana.

Budapest es, hoy día, un inmenso circo de placeres vacíos que se ofrecen al turista vulgar. Tras casi cinco décadas de presencia soviética, los húngaros abrazaron el capitalismo salvador tan hambrientos de libertad que no pudieron intuir que la aparentemente esperanzadora transición sólo suponía sustituir un yugo por otro. Budapest entera se asemeja a un gigantesco escaparate plagado de paneles publicitarios que proyectan un mundo ideal. Resulta que esto es lo que se conoce como “democracia”, palabra que suena harto bondadosa pero que sabe a alimento caducado.

Aunque, si sabemos arañar con cuidado la superficie, descubrimos que el núcleo es muy otro. Nos encontramos con un pueblo, el magiar, enigmático y fascinante, y con una de las capitales más bellas del viejo continente.

Recorramos pues, brevemente, ese camino a través de las pistas y pinceladas con que la historia nos susurra y sugiere el espíritu de este pueblo.

El corazón de Budapest late en el Danubio, príncipe de los ríos europeos, que enlaza las dos porciones originarias de la ciudad, Buda y Pest (ambas no se fundirían formalmente en Budapest hasta el año 1873), mediante diversos puentes. Cruzamos el emblemático Puente de las Cadenas camino de Buda y nos sumergimos en una encrucijada de culturas y aportaciones históricas, descubriendo primeramente Aquincum, el más antiguo asentamiento romano en la zona, que data del 90 d.C. y que, bajo el emperador Trajano, se convirtió en la capital de la Panonia inferior. A fines del siglo IV Roma perdió Panonia, ocupada sucesivamente por germanos, hunos y ávaros. Éstos últimos son sometidos por Carlomagno en el VIII. Los sucesores de éste organizan una serie de ducados en la mitad oeste y norte de la cuenca del Danubio, mientras que el Imperio Bizantino establece su influencia sobre el sur y este de la región.
La tradición sitúa aquí la llegada, desde los confines de Europa, de las siete tribus magiares aglutinadas bajo la corona del rey Árpád en una federación tribal denominada On-Ogur (diez flechas), vocablo del que procede el nombre de la nación húngara.

Según narran las primitivas leyendas magiares, el Turul, ave mitológica semejante a un águila que sostiene una espada entre sus garras, guió a la estirpe de Árpád desde los inhóspitos Urales hasta las fértiles estepas húngaras. El bisnieto de Árpád, Vajk, coronado rey en el año 1000, abraza el cristianismo y es bautizado como Esteban I. San Esteban. Patrón de Hungría. Su día es el 20 de agosto, la fiesta nacional. A él están consagradas la imponente basílica de San Esteban, el mayor templo cristiano de todo Budapest, y una contundente estatua ecuestre, que reza en latín “Stephanus Rex”, presidiendo el Bastión de los Pescadores. Es ésta última una formidable fortaleza medieval compuesta por siete torres (que simbolizan a las tribus magiares) y un laberinto de pasadizos y arcos que constituye uno de los rincones mágicos de la ciudad, sobre todo en la noche, divisando una panorámica única del pletórico Danubio.

Nos hallamos ya en el Barrio del Castillo, la antigua ciudad amurallada de Buda. Ésta cayó en manos del Imperio Otomano y de su sultán Solimán el Magnífico tras la derrota húngara en Mohács en 1526, en la que murió el rey Luis II (fíjense, un rey combatiendo hasta la muerte al frente de sus ejércitos, curioso). Luis II casó en 1522 con María de Hungría, reina predilecta del pueblo húngaro y hermana de nuestro emperador Carlos V, lo que unía con lazos religiosos y sanguíneos a las monarquías española y austriaca. Fernando I, también hermano de Carlos V, fue el designado por la nobleza húngara para suceder a Luis II, vinculándose así Hungría por casi 400 años a la casa de Habsburgo (ojalá por estos lares hubiesen durado tanto y así nos habrían evitado padecer otra dinastía de infausto recuerdo que todavía, vive Dios, sigue coleando).

Bajo dominación turca la entrada norte de la muralla fue bautizada como Puerta de Viena, ya que estaba situada en dirección a la tan codiciada capital austriaca. En dos ocasiones evitaron las tropas españolas y alemanas de Carlos V que los turcos consumaran sus deseos.
No fue hasta 1686 cuando una coalición de reinos cristianos liderada por Carlos de Lorena y Eugenio de Saboya barrió la presencia turca de Hungría. En la decisiva batalla por la plaza de Buda 300 españoles, hechizados por el ideal caballeresco y el espíritu de cruzada, capitaneados por don Félix de Astorga fueron los primeros en atravesar la muralla y penetrar en la ciudad, que a partir de ese día sería cristiana para siempre. Y es que en eso de reconquistar tierras a musulmanes ya teníamos algunos siglos de experiencia. Muchos dejaron allí su vida, como el Duque de Béjar, para que Europa pudiera seguir viviendo. Una modesta placa sita en el lugar exacto de la muralla deja constancia de ello.

Contemplamos detenidamente la placa y se nos eriza el vello al observar como, a miles de kilómetros y en perfecto castellano, se elogia la bravura de nuestros antepasados, pero, aun a riesgo de parecer petulantes, declaramos que no nos sorprende en absoluto. Lo complicado es encontrar un palmo de tierra donde un puñado de españoles no haya derramado su sangre persiguiendo un sueño, luchando por una Idea.

Si caminamos unos pasos más rodeando la muralla nos topamos con otro recordatorio de la gloriosa fecha coronado por una sencilla cruz.

Todo el Barrio o Colina del Castillo es rico en alusiones a los Héroes de una nación que forjó gran parte de su personalidad en la guerra sin cuartel contra el invasor otomano. Una raza de caballeros, reyes, monjes y soldados que defendieron con su sangre la herencia espiritual y la sagrada tierra de sus ancestros magiares: Matías Corvino, Juan de Capistrano, János Hunyadi, Eugenio de Saboya o András Hadik son sólo algunos ejemplos.

Volvemos a cruzar el Danubio en dirección opuesta en busca del parque de Varosliget y la Plaza de los Héroes, en la que se alza solemne el Monumento al Milenio, erigido en 1896 para conmemorar los mil años del nacimiento de la nación húngara. Cargado de simbolismo, contiene las estatuas de los jefes de las tribus húngaras, con Árpád a la cabeza, que observan como el arcángel San Gabriel ofrece la corona y la cruz papal a San Esteban. En los flancos de la composición se abren dos semicírculos de columnas con 14 esculturas de personajes sobresalientes del devenir nacional rematadas por las alegorías del Bienestar, la Guerra, la Paz y la Gloria.

A la derecha de la Plaza se encuentra el museo de Bellas Artes, una de las pinacotecas más completas de Europa, con gran cantidad de pintura española desde Goya o Murillo a Velázquez y con la mayor colección de cuadros de el Greco que se pueda disfrutar fuera de España. Amén de nutridas salas de pintura flamenca e italiana.

Detrás del Monumento, ya en el interior del parque (que representa el más amplio espacio verde de Budapest), se nos muestra deslumbrante sobre un islote el castillo de Vajdahunyad, una fortaleza de cuento de hadas mezcla de diferentes estilos arquitectónicos. Muy cercana al parque está situada la casa-museo del compositor Franz Liszt, junto a Joseph Haydn el más espléndido músico húngaro de todos los tiempos.

Desde aquí nos lanzamos de lleno al centro urbano de Budapest para visitar la plaza en honor al poeta romántico Mihály Vörösmarty, cuya estatua simboliza al pueblo húngaro unido siguiendo las directrices de un verso de Vörösmarty: “Servirás sin desmayo a tu Patria, Hungría”. La plaza es el centro neurálgico de la navidad popular budapestina. En sus numerosas casetas de madera podemos curiosear y admirarnos de la multitud de adornos navideños, artesanía local de todo tipo, árboles o belenes, degustar el célebre vino caliente e infinidad de comidas típicas o deleitarnos con danzas, cantos e indumentarias tradicionales de las distintas regiones húngaras. Todo compartido animosamente por la población en abarrotados merenderos al aire libre a pesar del intenso frío.

Así percibimos a Hungría, azotada por el comunismo y el neoliberalismo, perdedora de las dos guerras mundiales, pero sonriente.

Tras ser borrado del mapa el Imperio Austro-Húngaro en 1918, dos años más tarde asume el poder el almirante Horthy tras sofocar un intento de rebelión bolchevique. Horthy, oportunista (como nos recuerda a Franco), pacta con Hitler pero, ante la marcha de la guerra, pretende firmar un armisticio con la URSS de espaldas al ejército y al pueblo húngaro. Ante lo que los alemanes lanzan la Operación Panzerfaust y deponen al gobierno de Horthy, votando el Parlamento al líder del Partido de la Cruz Flechada, Ferenc Szalasi, como jefe de un gobierno que, ahora sí, manteniendo su palabra de Honor, lucha hasta el final por Europa al lado de Alemania (en esta ocasión no era ya turco el enemigo, pero el porvenir y la existencia misma de Europa estaban, de nuevo, amenazadas). Visitamos el Museo Judío de Budapest y comprobamos como el pueblo elegido se regodea en su papel de verdugo de Europa, dedicando un amplio apartado al derrotado fascismo húngaro y recreándose en el final de Szalasi en el cadalso, muriendo en la soga (“los que escriben la historia son aquellos que cuelgan a los Héroes…”).

Estas son, en fin, las huellas que seguimos para encontrar a la Europa nuestra, la que nació en la Hélade griega y fue asesinada en 1945. La que, quizá, y con la ayuda de Dios, algún día podamos recuperar.

De vuelta a España nos viene a la memoria el manido tópico azañista según el cual “el patriotismo es una enfermedad que se cura viajando” y, frente a él, nos decantamos por Séneca y su “Ulises se apresura hacia su pedregosa Ítaca del mismo modo que Agamenón a los nobles muros de su Micenas: pues nadie ama a su tierra por ser grande, sino por ser suya”, ya que nosotros fortalecemos nuestro patriotismo profundizando en las raíces de la vieja Europa y proclamando además, henchidos de orgullo, que la nuestra, española y europea, no es precisamente una civilización que haya pasado de puntillas por la Historia.

Joaquín Verdú


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