29
Dic
08

Fiesta de las luces

En los primeros alientos del año, la epifanía se abre, como rosa, a la primera luz y, en esa alegría de la fiesta de las luces, los Reyes Magos traen los regalos, los anticipos de la redención. El objetivo está claro: liberarnos, empezando por la propia condición humana, doble y con doblez, entre la razonable bondad y la voluntad instintiva.

Librarnos del Pecado Original, de la obligación de actuar con arreglo al animal originario y devolvernos la virtud de la acción libre, es una de las necesidades sine qua non. No somos los católicos gentes deterministas que se creen conducidas por el destino y que sólo tenemos una libertad “a coaccione,” o sea obligados por alguna violencia como puedan ser las leyes o el miedo, como postuló Calvino y creen aún las naciones dominantes hoy. Tampoco creemos, como hizo Lutero, en una libertad “sine re,” sin contenido; especie de ficción -satánica según el reformador-, quizá último eslabón de aquel otro dicho de ser las palabras, los conceptos, flatus vocci, sonidos “sine re”, sin contendido. La idea del destino es contraria a la libertad, pero entra.

Los caminos contra la libertad han sido muchos y nada proclives a reconocer la fiesta de la luz; la iluminación del mundo que llega en estas fechas y que necesita, claro es, una comprensión amplia del hombre en su concha; del esclavo en su valle de lágrimas. Porque para eso nació el Cristo ungido: para darnos la libertad y sacudirnos de tantos intereses y tantos miedos como esclavizan al hombre no redimido, cosa que empezamos, ahora, a ser todos.

Cuando una idea fundamental se vuelve costumbre deja de reclamar la atención necesaria, y hoy tendemos a suponer que la libertad es un hecho diario, en general político, que se da por supuesto. Una libertad que no existe sino a través de unos derechos consagrados en una ley matriz de la convivencia, aunque la libertad sólo reside, porque sólo ahí tiene sentido, en el entendimiento del hombre.

Hoy, en estas primeras luces del año y de la vida renovada, portadoras de la libertad de la redención, consideramos que nuestra libertad es asunto del estado que nos la garantiza y no del entendimiento de cada uno, socorrido por la fe, que incluye el afán de verdad y el de justicia. Hoy el centro del problema es el de no reconocer el origen de la necesaria libertad y confiar en lo que nos enseñan todos los medios y casi todas las prédicas desde la infancia, siempre desde su beneficio. Las enseñanzas disparan un relé, como cuando, algo se nos va de la mano y, de modo automático, tratamos de recuperarlo al vuelo antes de que caiga. El arco reflejo no es deliberado y, por lo tanto, no es libre. La suposición de que la libertad es lo que hemos oído miles de veces, algo relativo a la representación, el sufragio, la representación y el partido, no responde a un pensamiento consciente y es, como el arco reflejo, un acto indeliberado. Es decir,
no libre. Inducido. Conducido por lo que se llamó, a la escolástica, “necessitas antecedens.” La necesidad o la obligación que causa lo previo.

Es curioso ver que las revoluciones que en el mundo han sido, las que abrieron como melón la Edad Contemporánea, lo hicieron en nombre de la libertad. Sólo alcanzo a una, católica, que propusiera la justicia, guiada por un gran sentido histórico. Las demás jamás clamaron por la Justicia, por ejemplo, que es asunto previo: en habiendo justicia, ¿qué libertad sería imprescindible? Es posible creer que ese primer grito del trío revolucionario, fue el más pensado y el mejor interpretado.

Las primeras lenguas antiguas, como el protoindoeuropeo, y muchas de las segundas, carecían de una palabra para “libertad” que, en muchas sociedades, sólo significó quedar libre del servicio de las armas. El antecedente -casi imagen del inconsciente colectivo- señala directamente a la voluntad, en su sentido menos elevado: <<Hacer lo que a uno le viene en gana>>. Cúmplase mi voluntad y perezca el mundo.

Esa es la libertad que todavía se entiende hoy, y que equivale al “ad libitum” de las partituras: según la voluntad o deseo. Y deseo es lo que incumbe al sentido de libertad que han renovado en nuestras sociedades, seguramente desde el Romanticismo: libertad es lo que yo quiero, y basta con recordar las Cuitas del joven Werther para comprobar que aquella libertad, que tantos suicidios causó en su momento, era la libídine, deseo no muy ordenado del ayuntamiento carnal, cosa hoy perfectamente natural, libertad bendecida por el uso, libertad lasciva, pero causa de un crecimiento del desamor general. Libídine, libidinoso: ese es el antecedente primitivo de lo que ahora se grita como culmen de la convivencia, la Libertad, pero no como punto más elevado del que busca la justicia.

Desde aquí es desde donde conviene volver a la “Fiesta de las Luces,” que es la Epifanía, y considerar por un instante lo que traen los Reyes Magos: el anticipo de la redención que se nos regala. Estamos en un momento en que también sería regalo notable que se nos llevaran algunas cosas de las más habituales. El miedo, por ejemplo, que es la Antilibertad. La actual Libertad de Culto que, en esta democracia no tiene que ver con el derecho tradicional del practicar públicamente la religión propia, pues ahora se trata de la no exhibición de los signos de la fe. La voluntad de los Estados y, ya, de las Corporaciones, de asumir las funciones de Dios, como distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto o la virtud de lo inhumano.

A las luces nuevas del año, antes de que el año y los hombres se pongan a bostezar, ¿podrían llevarse los Reyes Magos tantas hipotecas como paga la razón a la forma de vida y de pensamiento que se han vuelto habituales por repetición y no por demostración? Ya se supone que nadie, o casi nadie de los que conocen la estructura del poder, tendrá la osadía de pedir que los reyes magos se lleven la Libertad de Pensamiento, aunque sólo haya dos pensamientos autorizados, o, mejor, uno y medio en España. ¿O la equívoca idea de que el pensamiento proclamado no tiene que ver con la realidad? ¿O revisar, sin aspavientos, que el culto al César, tenido como Dios, deje de actuar y de exigir postrarnos ante las mil y una leyes votadas anualmente en beneficio de los poderosos nacionales o forasteros? ¿Dos mil o tres mil años de historia han de concluir en el retorno del poder que no admite réplica, como lo estamos viendo y del hombre esclavo del
hombre?

Es un asunto de luz; de las primeras luces del día, que es trasunto del año pero no del parlamento y las corporaciones. ¿Cuánto tiempo se necesita para comprender que “libertad para todos” es un imposible cuyos términos se excluyen? Claro que está la parábola de la baldosa: Si no pisas la del vecino, respetas su libertad.

Si somos, como parece, “iguales pero distintos,” y esas otras maravillas de la magia de la palabra, ¿cuántas libertades son posibles para satisfacer a todos? ¿Cuántos caprichos puede permitirse el Estado con la voluntad de cada uno? Porque no puede ser, y a la vista está, que el banquero, que también cobra del estado, sea tan libre como el soldado, o el moribundo como el recién nacido? ¿A qué clase de razón nos aboca la ortodoxia del estado?

Se lo digo ya: Llámese como se prefiera, si todos somos libres: más allá del margen de la libertad, que es el de la justicia, nadie es libre, porque nuestra libertad es desigual y chocante. Dar libertad al prestamista es quitársela a los demás.

Y, al hablar de prestamistas, hablemos de la usura: dar libertad al socialismo, o al liberalismo, excomulgados, es poner la ambición por encima de la equidad; y el ansia por delante de la justicia, cosa reconocida por las leyes, aunque no sospeche alguien que eso lleva a la esclavitud próxima. Quien predica libertad y no dice lo que es la libertad, es contrario a la luz de la Epifanía y, además, se imagina que el pensamiento es de balde.

La libertad para todos sólo significa, desde siempre, libertad para quienes ya la tienen, a costa de la injusticia.

Arturo ROBSY

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